Y llega el momento en que despiertas y sencillamente ha dejado de doler

Muchas veces un dolor nos acompaña por un largo período de tiempo, es un dolor tan nuestro, que no imaginamos siquiera que nos llegue a abandonar. Lo hicimos tan de nosotros que ya no sabemos siquiera qué se sentía viviendo sin él.

Unas veces se acentúa, otras se aligera, pero siempre allí, rondándonos todos los pensamientos, especialmente cuando estamos solos sin nada que hacer. Nuestros pensamientos se apoderan de nosotros y pensamos en ése momento en el que se nos partió el corazón en mil pedazos y se hace parte de nuestro círculo, una y otra vez. Es típico sentir que nos llenamos de nostalgia, rabia o alguna de esas emociones que nos causa ése dolor infinito que no sabemos como adoptamos por tanto tiempo. Y de alguna manera, algo en nosotros, por protección personal, decidimos restarle atención para abrir espacio para emociones más sanas, más estimulantes y más positivas que nos permiten dar un vuelco en nuestra vida y volver a sentir la magia de la felicidad.

No son los problemas que se nos presentan, es la atención que le damos

Cuando se nos presenta una situación que nos cuesta manejar, solemos darle demasiada importancia, y lo más habitual según los psicólogos, es que esto penetre en nuestro cerebro el 80% del tiempo que ocupa nuestra mente. Por lo general éstas actitudes no son para nada positivas en éstos momentos, por el contrario, son las que más daño pueden hacernos.

Allí en nuestra mente comienza a hacerse parte de nosotros mismos y el dolor comienza a apoderarse de nuestras vidas, rodeando todo lo que hacemos y sentimos todo el tiempo. Además, ejercen un control tan fuerte en nosotros que creamos escenarios donde nos sentimos víctimas y desde allí cedemos las posibilidades de solucionar las cosas desde nuestras acciones.

Cuando dejamos de ver al mundo como enemigo y sabemos valorar las experiencias vividas, aceptando que hay cosas que no podemos cambiar, nos sentimos mejor y adoptamos una mejor postura ante la vida, la cual hace que la valoremos y la disfrutemos de una forma feliz. Cuando realmente valoramos la vida y todo lo que sucede en ella, no queremos desperdiciar el tiempo en el pasado, pensando en el rencor, en la infelicidad o la nostalgia de todo lo que ha sucedido, más bien, tendemos a salir adelante y a ver brillar el sol de nuevo. Después de ello, tenemos la necesidad de vivir sin ataduras, de vivir felices y agradecidos; y sobretodo, aprender de éstas situaciones que nos hicieron sufrir y amargarnos tanto.

Después de situaciones difíciles y de vivir tanto tiempo con dolor, llega un día que podemos dormir bien durante horas, que no necesitamos compañía ni ocupar nuestro tiempo en hacer miles de cosas para no pensar. Simplemente disfrutamos la felicidad, la paz interior y el bienestar que nos causa estar vivos.

En los momentos de dolor vivimos perdidos en nuestros pensamientos, pensando una y otra vez todo lo que ha sucedido, revolcándonos en paredes que nos hacen escuchar nuestro propio eco y hacernos sufrir más de lo que deberíamos. Somos seres que nos dejamos llevar demasiado por nuestros sentimientos y pensamientos, y solo cuando aprendemos a controlarlo, encontramos la magia de lo que es vivir, lo que es ser feliz realmente.

Hay que despegarnos de todo tipo de recuerdos que nos hayan marcado para mal, tenemos que vivir livianos, simples, sin maletas y sin ataduras, y esto solo lo puede hacer un estado emocional sano, con una autoestima y felicidad sana y propia, que limpie los caminos por donde pasamos, y sobretodo, que limpie los caminos del pasado.

No se puede vivir del dolor, no podemos vivir estigmatizados por cada cosa mala que nos haya sucedido. Tenemos que salir adelante y encontrar la forma de salir brillante y airoso de todas nuestras batallas, así las hayamos perdido.

Después de vivir del dolor, del sufrimiento y de la propia carencia, un día solo despiertas y te das cuenta de todo lo que estabas buscando estaba ahí, a ti mismo, tu felicidad interna, sin dependencia de nadie y de ninguna situación que pueda flagelarte. Lo importante es que estés dispuesto a vivir cada día como si fuera una fiesta de alegría que construiste tú mismo, pues solo depende de nosotros y del tiempo, recuperarnos de todas nuestras aflicciones y dolores.

Luego de que vivas la desgracia emocional y dejes entrar el amor por todos lados, volverás a sentir las ganas de vivir, de sonreír y de amar cada cosa que te rodea, pues es el único sentido que tiene la vida. Amar y vivir en paz y en alegría con todo lo que habita a tu alrededor. Simplemente un día, un lejano o un allegado día, tendrás ganas de brillar de nuevo y todo lo que hayas vivido desaparecerá para ocupar ese espacio que tanto estaba perturbando y ocupando tu vida.

El dolor es opcional y la mayoría de los seres humanos optamos por vivir con él sin darnos cuenta de todo lo que nos hace daño, y además, de todas las cosas bonitas que nos estamos perdiendo de la vida, pero una vez que lo superamos, todo vuelve a la calma y a la paz, pues es la única manera sana de vivir. No tengas miedo y abre tu corazón a todo lo que te rodea, dejar ir los recuerdos y las situaciones está solo en tus manos, y es bueno para ti en todos los sentidos.

Un día, solo te rodearas de personas positivas y todo lo verás con ojos nuevos, podrás pasar horas sin hacer nada y aún así siendo feliz dejando ir cualquier tipo de aflicción que tengas en tu corazón. Un día dejarás de ver todo lo que te paso como algo malo y agradecerás a la vida esa experiencia que te forjó y te ayudo a crecer como ser humano, te miraras al espejo y te sentirás orgulloso de que saliste del hueco, de tu hueco.

Un día, simplemente te despertarás y te darás cuenta que ha dejado de doler.


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