Viviendo con el enemigo

Cuando el amor se terminó en una relación, la convivencia se puede volver muy difícil.

La solución puede ser la separación y el divorcio, pero muchas personas que están en esa situación se rehúsan a dejar a su contraparte, por razones económicas, sociales o familiares.

De esta manera, se produce una extraña forma de convivencia, en la que ambas personas se sienten infelices y no quieren estar juntos, pero siguen compartiendo el mismo techo.

Elección

La elección de una pareja se realiza en función de las características de la otra persona, las que deben satisfacer nuestras necesidades psicológicas, biológicas, sociales e interpersonales, muchas de ellas inconscientes.

En una relación saludable, cuando el amor está presente, la mujer y el hombre tienen la capacidad de neutralizar y manejar la agresión, moderándola de forma que no afecte a la pareja. Las necesidades de ambos miembros de la pareja (afectivas, sexuales, económicas, etc) se satisfacen y los impulsos agresivos, presentes en todos los seres humanos, son enviados fuera de la pareja.

También influye el criterio y la actitud que se tenga hacia lo religioso, la educación de los hijos y el proyecto de vida.

Proceso

Cuando una pareja comienza, ambas personas creen que la otra satisfaga sus necesidades. Es un momento de aprendizaje personal y de cómo es la vida en común.

Pero un problema puede plantearse cuando las dos personas no evolucionan al mismo tiempo, llevando a desencuentros más adelante.

Las expectativas que se tenían al comienzo de la relación, sino se confirman en el desarrollo de la pareja, puede conducir a una decepción y el decaimiento de las expectativas personales y de pareja. Además, en muchos casos existen de sentimientos de culpa al evaluar la posibilidad de una separación, al poner en la balanza lo que se perdería y lo que implicaría para ambos y el entorno familiar.

En algunos casos se llega al resentimiento y la hostilidad, que pueden desembocar en agresiones físicas, verbales, psicológicas y emocionales.

El desencanto sobre el lazo afectivo se manifiesta también en actitudes de cansancio, indiferencia, molestia, odio e ira.

Sin embargo, la pareja continúa “funcionando” socialmente: los cónyuges siguen viviendo juntos, aunque solo por conveniencia, motivos económicos o por entender que es lo mejor para los hijos.

Sin afecto, pero afectados

Las relaciones de pareja en la que los cónyuges siguen compartiendo el hogar, pero ya sin el amor, conducen a situaciones totalmente disfuncionales. Se produce una especie de “separación” o “divorcio emocional”, que puede afectar a ambas personas, con las siguientes características:

– Depresión y ansiedad, que puede desembocar en la ingesta de medicamentos.

– Alteración en el ciclo del sueño y las comidas.

– Baja autoestima.

– Dificultad en establecer relaciones sociales.

-Temor y resistencia a la intimidad.

– Auto-vergüenza y auto-repugnancia.

– Sentimiento de culpa por la situación.

– Tendencia a sabotear cualquier cambio potencialmente positivo en su vida.

– Tendencia a ser reservada con su propia experiencia, introversión.

– Agotamiento físico general.

Se puede hablar de dos formas de enfrentar la situación, aunque las variantes son infinitas.

Cuando se rompen los lazos emocionales, la pareja no está dispuesta a negociar sus diferencias y se produce el divorcio emocional y afectivo, que se va profundizando con el tiempo. La situación pasa a ser enfermiza, porque solo se sustenta por la necesidad económica o social, pero ya no hay vínculo afectivo.

Las discusiones son intensas y frecuentes, la ironía dañina siempre está presente y hasta se llega a empujones y golpes. Se busca la forma de fastidiar al otro, en pequeñas o en grandes cosas, quedando atados por el rencor y no por el amor. Lo positivo de la pareja desaparece y solo persiste lo negativo.

Hay casos en que las parejas deciden negociar sus diferencias y llegan convivir de manera pacífica e individual. Llegan a tener buenos resultados y hasta rehacen su vida, basados en la indiferencia o en el respeto mutuo. Tratan de resolver sus problemas con acuerdos que lastimen lo menos posible al otro: una especie de negociación sin compromiso afectivo, pero donde no hay agresiones.

En todos los casos, la sexualidad desaparece, imponiéndose el rechazo hacia la pareja. Es común que se busquen relaciones extramaritales más o menos fugaces.

Hijos

Los hijos añaden otras aristas al problema. Las personas pueden caer en el cuidado excesivo y la sobreprotección o, por el contrario, dejarlos librados a su suerte. En otros casos, pasan a ser la moneda de cambio o peones en la lucha de poder entre sus padres, llevando las peores consecuencias.

Si son niños o adolescentes, pueden creer que los padres se divorcian emocionalmente por su culpa y tanto la madre como el padre tratan de atraerlos, acentuando el desequilibrio y la disfuncionalidad. Los chicos pueden enfrentar cuadros depresivos, enfermedades psicosomáticas, ansiedad, angustia, culpa o miedo.

Qué hacer

Solucionar la separación o divorcio emocional requiere de mucho trabajo, así como la buena voluntad de ambos miembros de la pareja.

Lo primero es reconocer que la pareja ya no funciona y valorarse como personas, distinguiendo las necesidades propias.

En algún punto, será necesario confrontar el miedos a la soledad, tratando de ver las cosas con claridad.

En estos casos, la separación física de los cónyuges suele ser necesaria para aclarar el panorama y tener una buena actitud ante el problema.

Se debe pensar en profundidad si se puede y se quiere modificar la relación para salvarla y definir exactamente por qué. ¿Qué va a pasar si continúa la relación?, es la gran pregunta a responder.

Si se acepta que ya no funciona, lo mejor es decidir romperla y comenzar de nuevo, sin buscar culpables ni recriminarse por el hecho. Si es necesario, se debe buscar ayuda profesional.

Lo fundamental es dejar de jugar el papel de víctima o de esclavo de la situación, porque no aporta nada positivo y encarar el momento sin miedo al fracaso, al rechazo social ni al dolor propio.

Si las cosas ya no funcionan, lo mejor es cortar de raíz, causando el menor daño posible, buscando siempre el bienestar personal.


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