Una mujer como tú… como yo.

Años atrás la mujer no podía atreverse a soñar y si lo hacía, debía ocultar sus sueños o estos eran truncados miles de razones. Se la educaba para ser un simple apoyo en el hogar y fundamentalmente para servir al varón, sin voz ni voto.

Por mucho tiempo la mujer ha sido discriminada y se la llamó débil; sus sueños de sobresalir en la sociedad eran solo eso, sueños sin ningún fundamento, que implicaban un titánico esfuerzo para concretarlos.

Serlo en este siglo no es lo mismo que en épocas anteriores: cambiaron los desafíos, se han obtenido ciertos logros, pero quedan muchísimos pendientes aún.

Pero lo que persiste es lo que tradicionalmente nos ha caracterizado: somos seres con gran alma y corazón, luchadoras en todos los ámbitos y trabajadoras en infinidad de niveles. Somos persistentes y no bajamos los brazos al primer golpe querecibimos: por el contrario, nos enfrentamos a nuestro oponente con nuestras mejores armas, que son nuestra fuerza interior y nuestra dignidad de ser mujer.

La lucha sin fin

Las mujeres somos todas diferentes, diversas en origen, educación y aspectos físicos, pero todas, a nuestra manera, somos muy especiales.

Ser mujer nunca fue fácil y si bien ahora hay algunos signos alentadores, sigue siendo complicado y para muchos millones de congéneres en el mundo, muy cuesta arriba.

Muchas veces nos sentimos sobrepasadas por el dolor, de hecho parece que nos hundimos en un mar de problemas que parecen insolubles, pero sobrevivimos y si no sabemos nadar, simplemente aprendemos.

No luchamos solo por nosotras: somos solidarias, pensamos en las otras mujeres y fundamentalmente en nuestros hijos y nuestra familia. Cuando alguien se pregunta cómo una mujer puede aguantar tantos infortunios, he allí la respuesta: nos mueven el combustible de la solidaridad y el amor.

Las mujeres somos inteligentes, leemos, abrimos nuestros sentidos para entender y buscar las respuestas, aprender a enfrentar los problemas y no cometer los mismos errores del pasado. No nos creemos los cuentos de príncipes azules, que finalmente terminan siendo negros sapos: hoy sabemos que la vida no es así, que ningún príncipe azul vendrá a rescatarnos de nada, que todo está en nuestras manos. Nos formamos, estudiamos para ser independientes y autosuficientes.

El amor

La vida de la mujer puede ser dura, podemos enfrentamos a grandes obstáculos para alcanzar nuestros sueños. Superamos los miedos de a poco, luchando por lo que creemos y ya no permitimos que alguien nos diga que algo no es para nosotras simplemente porque es “cosa de hombres”. Sorprendemos mostrando siempre que cuando caemos, nos levantarnos con más fuerzas que antes: si llegamos al piso veinte veces, nos levantamos también veinte veces.

El amor para nosotras no es lo mismo de antes: lo anhelamos y lo buscamos, pero no ya en una persona que nos someta o “nos solucione la vida”: queremos relaciones basadas en la igualdad, relaciones simétricas en las que todas las decisiones importantes ( hijos, compras, proyectos, inversiones económicas) se tomen en pareja.

No queremos príncipes azules, sino compañeros que nos estimen como personas y nos permitan desarrollarnos como personas en el ámbito que queramos. No estamos en contra del hombre, sino en contra de las actitudes que sojuzgan y obligan nada menos que a renunciar a ser nosotras mismas y expresarnos en el ámbito que deseemos.

Diferenciales

Aunque la lucha de las mujeres puede tomar diferentes formas, ya sea que se trate en un país en desarrollo u otro en situación económica privilegiada o de mujeres de diversas condiciones sociales, hay ciertos puntos en común que la definen.

La defensa de nuestra dignidad en el siglo XXI implica el reconocimiento de nuestro derecho a elegir libremente nuestro modo de vida, sin miedo a ser juzgadas socialmente, ya sea que elijamos casarnos y ser madres, optar por otras formas de familia y ser madres solteras o vivir solas y en el ámbito laboral, ser trabajadoras independientes, empleadas o profesionales, incluyendo aquellos papeles sociales que son tradicionalmente asignados a los hombres. De hecho, no se puede redefinir el papel de la mujer sin hacer lo mismo con el del hombre.

Podemos hacer y lograr todo, lo que queramos, somos capaces de enfrentar a cualquiera en cualquier ámbito, porque tenemos el plus extra de nuestra formidable fuerza interior, forjada en el sinnúnmero de problemas que debimos enfrentar siempre.

El gran secreto es que una mujer no es UNA: es madre, hermana, hija o nieta y por cada uno de esos roles tiene una fuerza multiplicada. Ella tienen la llave para un mundo nuevo, al criar hijos con sentido de solidaridad, justicia y defensa del propio mundo en el que vivimos.

Como un todo, las mujeres hacemos la diferencia, defendiendo con uñas y dientes a nuestros hijos, nuestro hogar y nuestra pareja. Ya sea que queremos una vida tranquila y en familia o una vida plena de aventuras, somos capaces de luchar por ellos.

Un buen hombre con una gran mujer llegará a ser un hombre de éxito, pues ella, con su magia particular, lo hará crecer. Las mujeres no queremos modelos ni príncipes, queremos un hombre compañero que nos ame, que tome nuestras manos y nos abrace cuando nuestro mundo se cae, que nos impulse nuevamente cuando nuestro ánimo decae. Ya no somos las muñecas bellas que el hombre puede exhibir, somos compañeras en una relación de igualdad, pero somos la inspiración y la fuerza oculta detrás de cada logro familiar. Queremos hechos ciertos que plasmen el compromiso que se dice con palabras, realidades y no utopías.

Lo único que deseamos de un hombre es sinceridad y verdad; decimos no a las mentiras y a las parejas de un día, queremos compromiso cierto y verdadero.

Las mujeres de este siglo tenemos más posibilidades de lograr cambios que nuestras congéneres de épocas anteriores: tenemos la fuerza intacta de siempre, pero forjada en la experiencia de tantos sinsabores. La tecnología nos permite comunicarnos con otras al instante en cualquier lugar del mundo y ciertas barreras sociales e ideológicas han caído, aunque persisten otras.

Este es definitivamente nuestro siglo.


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