Si su hijo pertenece a la Generación F (de flojos), lo siento, la culpa es suya

Abundan los jóvenes no tienen idea de cómo afrontar el mundo fuera de su burbuja irreal de cuidados. Las clave para que lleguen lejos es, aunque cueste, dejar que tropiecen, caigan y aprendan a levantarse.

Sin dudas, la enseñanza más valiosa que podemos legar a nuestros hijos es la destreza para enfrentar los avatares del día a día, la capacidad de enfrentarse a los problemas (graves y menores) que indefectiblemente se cruzarán en su camino y la habilidad para ver en la realidad que presente su versión más positiva.

El problema es que, lamentablemente, todo apunta a que los nacidos a la lúz del siglo XXI son parte de una generación con notables flaquezas en ciertos aspectos clave de la formación emocional.

Valores fundamentales como la entereza, la empatía o el noble espíritu de superación al parecer sólo emiten pequeños y débiles destellos, desembocando a la sociedad actual a un desesperante estado de inmadurez.
A la luz de estas circunstancias tan notorias para todos, algunos expertos como Alejandro Néstor García Martínez, profesor y doctor en Sociología explica:

“Ante cualquier complicación, muchos padres y educadores ven necesaria la intervención directa y, en demasiadas ocasiones, ahorran a sus hijos las dificultades y, a la postre, les protegen de los problemas que tratan de resolver por ellos”.

Tales síntomas, son compatibles con este diagnóstico: vivimos inmersos en una sociedad infantilizada

“aquel en el que sus miembros son fácilmente manipulables y no son capaces de mantener un discurso coherente”. Un panorama ciertamente desalentador que el profesor vincula “al miedo o a la incapacidad de las personas para exponer y mantener una posición razonada y fundamentada, sobre todo, cuando esta es contraria a la del resto”.


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