Quien riendo la hace, llorando la paga

Que irónico es percibir que tocas nuevamente esta puerta, la misma que hace unos meses atrás golpeaste delante de mí una vez que saliste con una sonrisa de oreja a oreja que expresaba felicidad. Recuerdo muy bien como repetiste muchas veces que no pretendías regresar, que con ella lo obtendrías todo y mucho más y que perfectamente ella alcanzaría conquistar mi puesto.

No te interesaron mis lamentos pues notándolo justo ahora derramé neciamente. No te importó cuanto te rogué que no te fueras, que venciéramos lo acontecido, que de mi parte alcanzaría suprimir todo de nuestra mente. ¡Qué inocencia! Que tanto podemos lograr hacer por una persona que no lo ha de merecer.

No te afectó presenciar tan mal y destrozada me encontraba. Ni esas palabras de cariño que a duras penas alcancé manifestar. Tus oídos no me escuchaban, tus ojos ya no me contemplaban. Recogiste tus objetos y con una visión triunfante te fuiste. Renunciando a todas nuestras ilusiones y metas. Abandonándome a mí en melancolía.

Fueron días en reclusión, sin desear percibir nada y de nadie. Fueron días de desconsuelo y desánimo, preguntándome cada vez que hice mal. Fueron días de abandonarme, de imaginarte, de añorarte y de suplicar amor, amor aparente, ese que solo tú logras ceder.

Una reclusión con la tonta ilusión de tu regreso, en el que me expresaras que todo retornaría a como era antes, que te absolviera, que te confundiste. Y así fueron pasando los días sin saber de ti, no lograste conocer todos los llantos que derramé y si hoy lo manifiesto no es para engrandecerte, es para que estés al tanto que a pesar de todo alcancé a sobreponerme.


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