Por qué tomamos decisiones que sabemos son malas para nosotras

Así como si tuviéramos un imán que nos atrae y nos arrastra, aún si sabemos que la decisión que tomamos puede llevarnos por el peor de los caminos, seguimos avanzando. Es algo que a muchas personas les ocurre con frecuencia y sabiendo lo que puede suceder, decirle que no a la experiencia nos resulta imposible. Terminamos llevando la cabeza contra el piso y sabíamos que eso pasaría. Puede ser una adicción, una relación insana, un capricho. ¿Por qué lo hacemos si sabemos que acabaremos sufriendo? ¿Hasta qué punto son malas elecciones o experiencias de vida?

Aquella voz interior


Es aquella que surge en el inmenso silencio de nuestro mundo interior, aquel al que solo nosotras tenemos acceso, en el que las sumas y las restas de la vida nos abren el abanico de todas las opciones, aunque solo veamos lo que queremos ver y solo oigamos lo que queramos oír.

Es algo que nos pasa casi siempre. Si esperamos que aquel chico que nos gusta tanto nos abra las puertas de su corazón cuando ya sentimos y ya tuvimos sobradas pruebas de que no lo hará. Cuando esperamos algo de una persona, de alguna amiga que resulta no ser lo que creíamos, que sabemos que no es capaz de dar lo mismo que nosotras. El sentimiento de frustración es inmenso. Pese a que tuvimos el pálpito de que sería de esta manera, no hicimos caso a esa señal de alerta que sonaba despacio en el fondo de nuestro corazón y preferimos seguir adelante, aunque más tarde o más temprano chocamos de frente con la realidad.

Pero, sin embargo, esta voz interior puede estar diciéndonos lo contrario y no nos animamos a escucharla, casi nunca lo hacemos y podemos estar perdiendo una experiencia importante en nuestra vida.

No importa de qué manera ni en qué circunstancia la vida nos proponga esta encrucijada. Lo concreto es que nos perdemos en aquello que creemos que podría ser, aunque muy en el fondo sentimos que todo sería de otra manera.

Esa voz interior que nos pone en vilo cuando empieza hablar y decirnos que hagamos precisamente lo contrario a lo que tenemos el deseo de hacer.

Sin embargo, estamos en el camino que la vida nos propuso, ese que nos enseña a base de ensayo y error como vivir y qué aprender de ese momento.

La culpa nos invade

Cuando ya estamos sumergidas en esa consecuencia inevitable, tras esa decisión que tomamos, después de saltar la tranquera prohibida y recorrer el territorio, la culpa nos invade ante la inminente presencia del caos al que terminamos sometiéndonos.

Tendemos a flagelarnos y a torturarnos con los “por qué” y “para qué” sin darnos la oportunidad de colocar sobre la mesa la experiencia que podemos contar de esa situación, lo que nos puede servir y lo que debemos desechar.

Es que vivimos pues, en una sociedad que nos hace creer que debemos hacer lo que es políticamente correcto. La autoconciencia, la disciplina, la autocorrección, no son solo meras expresiones que escuchamos a diario, son parte de esta vorágine en la que vivimos todos los días y tendemos a auto exigirnos más y más. Cualquier falla podría ser fatal, sobre todo, si se trata de incurrir en un mismo error dos veces, como resultar engañada por un amor que creímos que era sincero. Pareciera que el mundo se derrumba cuando nos pasan reiteradas veces las mismas cosas.

Pero, no es así. Quizás estemos precisando relajar esos temores que esto nos genera, no para equivocarnos, sino para asumir y aprender de los tropiezos.

La hora de tomar decisiones

Podemos analizar mucho, consultar y planificar, antes de tomar una determinación sobre el tema que nos preocupa, pero lo cierto y concreto es que, siempre terminaremos haciendo no solo lo que los pros y los contras nos devuelven como resultado, sino que, nos basaremos en nuestras creencias y emociones. Esas reacciones que tienen que ver mucho más con lo inconsciente que con nuestro mundo consiente. Las buenas elecciones no serían, siguiendo esta premisa, tan racionales como quisiéramos.

En este orden de cosas, la búsqueda de un camino que construya nuestra felicidad a cada paso, tiene más que ver con el resultado de nuestras experiencias que con una vida limitada y estrechamente estructurada.

Nos trazamos un mapa del cual no nos animamos a salir y si hacemos algunos pasos fuera de él y algo no sale como estaba estipulado en esa geografía, nuestra frustración puede realmente angustiarnos de más. La necesidad de que todo esté bajo control nos desborda cuando rebasamos esos límites que nos hemos impuesto.

Bajar la guardia, aprender a liberarnos de los miedos, nos ayudará a vivir sin ese temor constante a equivocarnos. Verás como la vida tendrá para ti otros colores y otros sabores.

¿Por qué tomo malas decisiones?

Quizás no te has puesto a pensar en que el dilema de fondo es que te plantees esta pregunta como un problema.

Pues nuestra primera equivocación está en considerar que tendremos siempre un control absoluto de nosotros mismos, nos sofocamos en la creencia de que tenemos el ejercicio del domino sobre nuestras vidas, pero no es así.

Vivirías más relajada si comenzaras a trabajar en la idea de que las cosas son como debieron ser.

Si hiciste lo que te dictó la corazonada, tú solo sigue adelante.

La preocupación es inútil. Pero nos preocupamos por todo: las finanzas, la salud, las personas que amamos y es algo que jamás acaba. Allá muy lejos cuando nos damos cuenta de que no tenemos siempre el timón de la vida nos desesperamos y sufrimos.

Si aprendes a confíar más en ti misma, todo sería diferente. Es parte de vivir, equivocarse y aprender de los errores. Hay quienes dicen que es preferible atreverse a vivir, aunque nos duela, pero jamás lamentarse por lo que no hemos sido capaces de experimentar.

 


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