Perdónate, solo eso

Aquello de que “errar es humano y perdonar es divino”, nos somete al interrogante de qué tan capaces somos de perdonar, los seres humanos, si nos cuesta tanto, solo disculparnos a nosotros mismos, nuestros propios errores. El perdón es, ni más ni menos, esa capacidad de liberarnos de una pesada carga que arrastramos, pues es el resultado inmediato de arrancarnos las culpas y los rencores del alma y entender que somos seres mortales y no perfectos. Aprender de los errores es una batalla ganada. Pareciera una contienda difícil de lograr, pero permítenos contarte cómo obtener la victoria.


¿Qué entendemos por perdonar?


Es perdonar una palabra con más peso del que aparenta, pues implica tomar una decisión inequívoca y valiente, a veces con los demás y otras veces con nosotros mismos. Se trata de que le demos tiempo a los errores cometidos para que dejen en nosotros esa inefable enseñanza que apunta a arrancarnos la pesada carga de pretender ser perfectos y hacerlo todo bien. La vida es una constante prueba de errores, ensayos y aprendizajes.
Perdónate

Toma el timón de tu vida con decisión y date la oportunidad de ver sobre este tablero de ajedrez que, a veces es la vida, lo bueno y lo malo de las cosas, como observas un prisma con varias caras, cada lado tendrá algo que te agrade y algo que no. Seguro hallarás muchas respuestas que necesitabas y esos errores permitirán que te tomes el momento necesario para sentarte y leerlos detenidamente.

La culpa, -dice un poema de William Baecker- “esa diosa ramera, que se acuesta, en los últimos tiempos con cualquiera, turbó mis pensamientos”. De eso se trata perdonarse a uno mismo, aprender a no sentir culpa de lo que sea que haya sucedido, porque de nada nos sirve atormentarnos con ella. La culpa nos somete al peor de los juicios, aquellos en que nosotros nos convertimos en nuestros propios verdugos y nos flagelamos, sin tomar en cuenta que tan solo, depende de nosotros desecharla, mirar para adelante, liberarnos y aprender de aquellos momentos amargos.

No es necesario que te impregnes con el breque de tu propia ira, tan solo por un error. No permitas que por ese tropiezo envíes a la oscuridad y desasosiego a esa persona brillante que tú eres: tus valores, tus obras, tu inteligencia, tu esencia. ¿Crees realmente que por una caída o tan solo un tropiezo, vale la pena desintegrarse en culpas?


Sí. Errar es humano


Todos cometemos errores, nadie queda exento de la posibilidad de cometerlos. Vivir de eso se trata, pues los errores son los exámenes constantes que nos nivelan, aumentan nuestra comprensión y amplían nuestra visión de mundo, las pruebas que nos enseñan, que nos muestran lo que no vemos a simple vista y así aprendemos, crecemos, maduramos.

Ningún error es un fracaso, tampoco los fracasos son en vano. Cada vez que erramos abrimos una puerta alternativa que no hubiésemos querido abrir, pero debemos comprender que dentro de lo que nos propusimos llevar a cabo, siempre hay un margen de error y debemos estar preparados para ello y esa puerta alternativa será nuestra nueva posibilidad de volverlo a intentar. Piensa que en la próxima vez ya será todo más sencillo, pues ya aprendiste una lección y eso te dio algunas ideas sobre cómo reacomodar la estrategia del próximo paso, repensar la posición dentro del tablero de juego. Los errores son nuestras grandes oportunidades para volverlo a intentar o empezar de nuevo.

Hay errores y errores. También es posible que se incurra en un error intencional, como una ofensa. Es del tipo de errores que requieren otro tratamiento, si es que no hemos sido capaces de asumir la responsabilidad de los hechos ni un arrepentimiento profundo.

Pero hoy nos competen aquellos errores que cometemos por casualidad, esos que no nos ha sido posible evitar.


No te maltrates


Tan solo mira hacia adelante. De nada te sirven los lamentos. Hay quienes dicen, no es posible llorar sobre la leche derramada, pues ya el mal está hecho. Lo único que logras así, es torturarte, lastimarte, perseguirte y esa actitud no te permitirá ver el horizonte al final del camino. Piensa simplemente que si las cosas sucedieron de ese modo fue por algo, aprende de ello y sigue adelante. Tal vez en otro momento tropieces con algo parecido y entonces, sabrás dominar la situación debido a tu experiencia.

Que no reinen en tu vida, la crítica, la culpa, la obsesión por lo perfecto y esa duda permanente que te genera el temor de volver a equivocarte. Recuerda que debes equivocarte, eso te permitirá crecer. Nadie está exento de cometer errores. Asimílalos y conviértelos en un trofeo de guerra que te impulsa hacia adelante. Si no te perdonas jamás podrás seguir.

La culpa es una cadena muy pesada y sumada a esa necesidad imperiosa que tenemos de querer hacerlo todo perfecto, conforman juntos la peor de las combinaciones. El único camino alternativo que tienes es romper con esas cadenas y eso solo depende de ti, del empeño que le pongas.

Romper definitivamente con ese yugo es perdonar. Perdónate.

Perdonar no se trata de mirarte al espejo y decirte a ti misma que te perdonas mientras todo sigue igual, sigues pensando de la misma forma. Perdonar implica un acto más heroico. Se trata de que aceptes tu error de una manera diferente. Haz a un lado tus prejuicios y comprende que todo puede ser más sencillo si analizas los hechos desde el punto de vista de que todo lo que sucede en tu vida es porque te conduce a alguna enseñanza importante, que quizás no veas ahora, pero en un futuro te servirá.

Perdónate, pues te liberarás de las cargas mientras guardas en tu haber una posibilidad más de abrir otras puertas, de empezar de nuevo, de tomar en cuenta la lección aprendida.

Tú eres timonel de tu propio navío, que esos errores solo sean parte de las mareas de alta mar que te enseñarán a conducir el timón, una y otra vez.


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