¡Nunca es tarde para volver a vivir!

No podemos elegir lo que nos pasa en la vida, solo podemos elegir cómo afrontamos eso que nos pasa. Aceptar este principio, hará que conviertas tu vida en una maravillosa experiencia, sabiendo que nada de lo que pase destruirá tu esencia, tu alma ni tu espíritu.

Como seres humanos, es natural que a cada evento que nos sucede le brindemos un significado, sin embargo, lo más importante es lo que vamos a hacer con esa vivencia, cómo vamos a crecer como personas, qué decisiones vamos a tomar a partir de un evento trascendental. Este significado que le otorgamos al evento pone en marcha emociones como la ira, la angustia, el miedo, que a veces nos capturan por completo y no vemos la salida.

Todos hemos pasado y seguiremos pasando por situaciones complicadas en nuestra vida, es inevitable e impredecible: enfermedades, separaciones, pleitos, muerte. Ante cada evento debemos preguntarnos ¿de qué manera trascender esta situación?, ¿qué oportunidades puedo generar de esta experiencia?

Lo primero que se debe tener claro es la impermeabilidad de las cosas, esto es, que la vida está en constante cambio, sin preguntarnos si lo queremos, sin esperar a que estemos preparados, la vida simplemente sucede.

Si hoy tu vida marcha bien, piensa en todo lo que has laborado por tener lo que tienes, en el tiempo, dinero y esfuerzo que te ha costado lograr que tu identidad como persona esté equilibrada, en lo mucho que has trabajado por mantener buenas relaciones con tus seres queridos, en fin, tus días son disfrutables.

Cuando estés en la parte de arriba de la montaña rusa que es la vida, prepárate, no puedes saber cuándo la vida te sorprenderá con un evento negativo y deberás estar preparado para afrontar la situación.

A veces nos parece que todo está perdido, que no tenemos para dónde movernos, que la vida nos está castigando por algo que hemos hecho. Pero es importante reconocer que, al contrario de lo que pensamos, la vida nos está brindando una segunda oportunidad. Tal vez recibimos la noticia de una enfermedad terminal, tenemos una gran desilusión sentimental, muere alguien cercano a nosotros, fracasamos en algún negocio, etc., en ese momento, sentimos que es el fin del mundo, pensamos que no podremos salir adelante, que la tristeza se apodera de nosotros y no habrá manera de ser felices otra vez.


En todos los procesos de duelo existen diferentes etapas, hay que pasar por todas ellas, no necesariamente en orden, pero generalmente van: negación, ira, negociación, depresión y aceptación. La negación es una respuesta instintiva a la desesperanza, es un mecanismo de defensa para no caer rendido ante lo que está sucediendo. La ira es contra los demás que son felices, que no sufren, que no se enferman, nos sentimos castigados por la vida. La negociación se da con Dios, con la vida, prometemos ser buenos a cambio de quitarnos el sufrimiento que estamos viviendo. La depresión es sentirse tristes porque no sabemos qué va a ser de nosotros. La última etapa es la aceptación, que no es más que reconciliarse con la realidad.

Es importante señalar que, en este proceso, no hay actitudes buenas o malas, en los momentos de crisis reaccionamos como podemos, con los recursos personales que tenemos. A veces es necesaria la ayuda profesional para transitar este camino.

La aceptación implica entender completamente que esta situación que no pedimos, que llegó de forma inesperada, nos está sucediendo, lo merezcamos o no, lo queramos o no. Aceptar la situación implica muchas veces perdonarnos a nosotros mismos, si en algún momento hicimos algo que pudiera agravar el momento, por haber confiado ciegamente en alguien más, por no haber seguido nuestro instinto. La aceptación nos lleva a tomar las riendas de nuestra vida, de lo que estamos viviendo y tomar decisiones desde un lugar que nos permitirá regresar a la paz interior que estuvimos buscando desde siempre.
Tarde o temprano lograremos modificar el rumbo, para crearnos un futuro mejor, porque la vida nos ha dado la oportunidad de un nuevo comienzo.

La aceptación nada tiene que ver con la resignación, pues la resignación lleva a la inacción dolorosa al considerar que no hay nada que uno pueda hacer para darle la vuelta a las cosas. Al contrario de la aceptación que impulsa a la acción, a tomar decisiones y hacernos responsables, a ser conscientes de que sí somos capaces de dar respuesta a lo que nos está sucediendo.

En el momento mismo que me abro a la posibilidad de aceptar el evento, se abre la posibilidad de considerar que hay una oportunidad oculta, que al principio no vemos, pero que está ahí enfrente de nosotros. La mejor oportunidad comienza respondiendo la pregunta: “¿Qué puede haber de valor en lo que me está ocurriendo”?

No tiene ningún sentido desgastarse queriendo cambiar las cosas que no se pueden, tampoco tomando el papel de víctimas esperando la caridad y lástima de los otros o perdiendo nuestro tiempo buscando culpables.

La aceptación nos conecta con nuestra condición de seres humanos, falibles, con defectos. Cuando en tu vida todo marcha de forma rutinaria y estés en una zona de confort, no existe profunda reflexión, meditación ni autoconocimiento, vas por la vida en modo automático, haces lo mismo todos los días. Al contrario, cuando pasa algo que te cimbra el mundo, cuando tocas fondo, algo surge en tu interior que te pide reflexión, es una oportunidad de reencontrarte contigo mismo. Este evento es justamente lo que necesitas para mirar dentro de ti mismo, para saber quién eres, qué quieres y cuáles son las decisiones que tienes que tomar de aquí en adelante.

La vida quiere que aprendas las lecciones, para desplegar el potencial que siempre has tenido, nadie puede escaparse de estos eventos dolorosos. La tristeza, la incertidumbre, son parte de la vida, pero significan apertura, evolución y crecimiento personal. Llora, experimenta, ríe, ama, juega, equivócate. Disfruta los buenos momentos y acepta los malos, todo lo que te pase hará de ti una mejor persona.


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