Nuestros seres queridos nunca mueren, duermen apaciblemente en nuestro corazón.

Y es que todos necesitamos de alguna manera dar con alguna forma de acomodar esa presencia, que ahora está hecha de
recuerdos, porque algunas personas como nuestros abuelos u otros seres queridos, se apresuraron y se marcharon antes que
nosotros.

Las memorias de los juegos de infancia, de las sonrisas, de los abrazos apretados … de vez en cuando
nos asaltan, roban nuestra sonrisa y dejan lágrimas en su lugar.
¿Es doloroso sí, quién lo podrá negar?

Hay algunos días en los que pensamos en quien partió, así revive nuestro baúl de historias y
agradecemos a los cielos por haber tenido el derecho de vivirlas. En otros días, más cenizas, el
la cicatriz se abre y nuestro corazón se rompe de nuevo. El dolor es intruso y
terco. Es difícil conseguir convivir con el.

Pero después de un tiempo, rehacemos la costra de la cicatriz y seguimos con nuestra vida,


creyendo extraño el hecho de tener que cargar esa carga tan dolorosa.
Y de repente nos encontramos pensando en la ilusoria posibilidad de tener la oportunidad de escuchar
una última risa, una última vez. Nada.


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