No siempre la distancia es ausencia ni el silencio es olvido

Siempre pensamos o por lo menos la mayoría de la personas piensa que cuando extrañamos a alguien debemos también acompañar eso con acciones que evidencien lo que sentimos.

Sin embargo, a veces preferimos reservarnos porque nos damos cuenta que nuestros sentimientos son tan fuertes e intensos que si los demostramos realizando una u otra cosa, nos exponemos nuevamente a ser lastimados. Es como un mecanismo de defensa de nuestra inteligencia emocional lo que nos impide realizar acciones que sirvan como motivo para terminar con más heridas de lo que ya tenemos.

Bien puede ser porque sentimos que ya hemos dado demasiado, porque fuimos bastante lastimados o porque estamos convencidos de que el lugar al lado de esa persona ya no nos corresponde, no importa mucho el motivo siempre que el resultado implique estar alejados mutuamente.

En muchas ocasiones está dentro de las reglas decidir tomar todo aquello que sentimos y ponerlo en resguardo, camuflarlo, abrazar eso que sentimos de manera a que quede bien protegido, de manera a que la persona que nos interese, evidencie que para nosotros ya no existe y pasa a formar parte de un pasado.

No es un pecado extrañar, es algo que podemos hacerlo y de manera intensa, a veces podemos incluso desear estar al lado de la otra persona, besarle, abrazarle, bajarle la luna y las estrellas, podemos incluso escribir un terminable mensaje pero aun así no tener el valor para enviarlo, simplemente por el hecho de terminar protegiendo nuestra propia integridad. Cuidar de nosotros no es responsabilidad de nadie más sino nuestra. Es fundamental aprender a distinguir en qué momento estamos siendo movidos por nuestro amor propio y cuándo lo hacemos por orgullo.


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