Tus hijos, mis hijos, nuestros hijos. Que aventura!

“Cada hogar es un mundo”. Esta mentada frase, tan reiterada cuando aludimos a las diferencias entre lo que se vive en el seno de cada familia, cobra fuerza cuando nos referimos a ese proceso por el cual, dos personas deciden unir sus vidas aun con su pasado a cuestas, con hijos de un matrimonio anterior, con una historia ya existente tendrá que pasar por un proceso de ensamble y adaptación. Este será un trabajo conjunto de negociaciones, concesiones y aprendizaje permanentes entre ambas familias cuyo fin último será alcanza la armonía en el hogar. Nada que con amor no se pueda lograr.

Es un proyecto de vida conjunto en el cual ambos lados de la historia que intentan escribir tendrán que abandonar los egoísmos, la renuncia al “eterno yo primero” será el mayor de los desafíos.

Nuestra naturaleza humana nos hace débiles ante las diferencias. No nos gustan, tendemos a enfrentarnos con la diferencia sin tratar de estableces un marco de negociación con la disidencia, es un proceso casi inconsciente. Es lo que ocurre, al menos al principio, con las parejas que juntan sus familias, pues ya no se trata de dos personas como en los casos convencionales, son dos familias que deben aprender a concatenar sus vidas y sobre todo, deben aprender a amarse. El amor es la base de esta unión y es el que se juega su rol protagónico en este capítulo que dos personas han decidido escribir juntos.

La tendencia a la temer a lo diferente

Cuando esta unión o ensamble se produce, ambas familias asumen el compromiso de encontrar en un nuevo lugar aún desconocido para ambos e implica abandonar su zona de confort, pues ahora tienen la tarea de aprender a adaptarse a una nueva realidad, a vivir juntos, compartir espacio, cosas, actividades, nuevas reglas, nuevas circunstancias, todo es nuevo para ellos. Deberán ser capaces de reconocer esta nueva vida con una nueva forma de enfrentar el día para lo cual todos tendrán que hacer un importante acuerdo de subsistencia. No será fácil ni inmediato, llevará tiempo.
Lo más recomendable es que la pareja implicada sea la que aprenda a conocer esos vínculos nuevos como los familiares, tíos, primos, sobrinos, antes de sumar a los hijos a ese engranaje. Así podrán encontrar la mejor forma de manejar cualquier situación que se pueda presentar para ellos. Todo implica siempre riesgo, pues no todos caerán bien como no todos caerán mal, aquí es donde entran los niveles de negociaciones que deberán hacerse en el marco de construir la convivencia.

La importancia de los líderes de grupo

El amor, esa fuerza motora que hizo que esas dos personas decidieran unir sus vidas será la base de esa nueva familia que se forma, la confianza, la serenidad y la seguridad que necesitan para enfrentar los cambios dependerá de la pareja. Si los hijos de ambas partes sienten que se les transmite este valor agregado, el aprendizaje de la convivencia diaria en el amor como cimiento será mucho mejor.

La pareja será la responsable de encarar la nueva situación para ambas familias. El punto de partida para todo será siempre la armonía familiar. Con la premisa puesta sobre la mesa de las grandes negociaciones, vendrán las tareas que cada uno deberá realizar por sí mismo y por los demás. Tendrán que adaptarse juntos a esa nueva realidad, nuevos espacios comunes, nueva casa, nueva gente, reglas diferentes. Todo es parte de un proceso que implica un tanto de renuncias, otro poco de concesiones, adaptación a los cambios y todos los temores que genera la expectativa de lo que resultará de todo ese proceso.

Hay que entender que el “ensamble”, esta suerte de proceso de unificación por el que ambas partes deben permanecer en un estado de equilibrio, no se da en todos los casos, no por lo menos como un mandato desde la obligatoriedad. Suele suceder que algunas parejas prefieren ser más independientes y viven el paso a la unificación de las familias desde otro lugar. Prefieren por ejemplo pasar el fin de semana juntos, hacer reuniones familiares donde encontrarse, construir ciertos espacios comunes en salidas de todo tipo: comidas, paseos, encuentro, viajes, todas formas de relacionamiento, pero sin tener que someterse a las reglas de la estricta convivencia.

El amor y la serenidad de la pareja ante los cambios es la clave para que los hijos se adapten

De construcción de hogares y de relaciones de pareja podemos hablar mucho. Hay situaciones y situaciones, quienes no requieren de convivencia, quienes por el contrario no necesitan compartir ese espacio en común para sentirse completos y sobre todo también, depende de qué edades tengan los hijos. Todo dependerá de cómo lo sienta cada pareja y de la medida en que se sientan cómodos los cónyuges.

Es una experiencia nueva para los hijos. Ellos empiezan a recorrer un camino lleno de incertidumbres, pero también de expectativas constantes. El hecho de que esa experiencia llegue a ser enriquecedora en la cual los hijos de ambas partes tengan la posibilidad de aprender a caminar juntos es lo que les permitirá construir un camino, un futuro que será determinante para sus vidas.

Depende mucho de qué edades tengan, del carácter de cada uno para asumir ciertos cambios y de cómo los padres estén preparados para acompañar ese cambio para ofrecerles tanto la tranquilidad y la fortaleza que necesitan como la rigidez a la hora de enseñar a esos niños a manejarse en la nueva situación. No será fácil, encontrar el punto de equilibro en este camino de aprendizaje y de tire y afloje, dependerá del amor que los mantiene unidos.

La paciencia lo es todo

Es un proceso estoico. Todo empieza lentamente y puede que al principio avancemos tres pasos y retrocedamos dos. No importa la construcción de este engranaje está basado es un constante ejercicio de paciencia.
La personalidad de cada uno hace que cada hogar sea un mundo diferente y a la hora de unir estos dos “mundos hogares”, se unen ideas, maneras de pensar, costumbres, formas de ver la vida y de vivir. Las negociaciones van desde cumplir con los horarios de la casa, con las tareas del hogar: hacer el cuarto, ordenar su ropa, regular el volumen de la música que puede que al otro no le guste, compartir o negociar los gustos. Son tantas cosas que acomodar y que reestructurar que todo lleva tiempo. Esto sin contar que, previamente a la decisión de convivir, a los hijos ya les costó asumir que los padres se separen, pues creen haber entendido que el amor se acaba y eso les dolió y después les costó enfrentar la idea de que vuelvan a formar pareja pensando en que ellos quedarían sin hogar.


La pareja debe trabajar todas las resistencias a las que los hijos la someten con toda la carga emocional que ello implica, en un aprendizaje constante de “tire y afloje” donde la mesa de negociaciones estará permanentemente abierta en nombre del bien común.

Una familia ensamblada es la respuesta positiva ante la vida, pues se constituye en una nueva oportunidad de vivir el amor una vez más. Es una segunda oportunidad de amar y eso es lo que los hijos deben aprender de la pareja.

Fuente: http://www.infobae.com/2015/10/04/1758884-los-desafios-las-familias-ensambladas/


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