La muerte no se supera, se abraza

“Lo que una vez disfrutamos nunca lo perdemos. Todo lo que amamos profundamente se convierte en parte de nosotros mismos”. Hellen Keller

Cuando muere un ser querido, lo primero que dicen las personas que visitan a la persona en duelo, es que ‘tarde o temprano lo superará’. La realidad es que la muerte no se supera, se acepta y se aprende a vivir con la ausencia de quien ya no está. Otra palabra que se utiliza es la ‘resignación’, la cual tampoco debería ser dicha, pues resignarse significa no hacer nada, mientras que la aceptación invita a moverse, a trabajar la pérdida y transitar el duelo de manera adecuada.

Saber que jamás volveremos a ver a esa persona tan importante, nos hace sentir un dolor que invade nuestra alma, creemos que jamás volveremos a ser felices, que nunca podremos volver a vivir nuestra vida como antes, nos gustaría recuperar el tiempo perdido, para hacer y decir lo que no pudimos.

La trágica realidad de la muerte es que todos sabemos que tarde o temprano sucederá, para nosotros y para quienes nos rodean y, sin embargo, no nos alcanza la vida para prepararnos para su llegada; al contrario, nos pasamos el tiempo pensando en que mañana tendremos otra oportunidad de poder decir, poder hacer, poder jugar.

Cuando hemos perdido a una persona, debemos entender que la tristeza es inevitable, es el precio que tenemos que pagar por haberla conocido, por haber amado a alguien, por formar parte de su vida y, aunque al principio resulte difícil, debemos llegar a la aceptación para poder seguir con nuestra vida, siempre honrando la ausencia de la persona que murió.

Lo más difícil de la muerte es extrañar la presencia física, los abrazos, los besos, las miradas, escucharlo hablar, reírnos juntos, por eso es complicado el proceso de duelo, pero para llegar a la aceptación debemos comprender los sentimientos que estamos viviendo, nombrarlos y conocer las etapas del duelo que vamos a vivir. Esto nos llevará a aprender a vivir sin la persona amada, asignarle un lugar en nuestro recuerdo, de tal manera que podamos continuar nuestra vida.

La mejor forma de aceptar la muerte de una persona es reconocer todo lo que esa persona trajo a nuestra vida, las lecciones que nos enseñó, las cualidades que admirábamos de ella; porque esto no se termina con la muerte, esto es lo que trasciende en nuestro corazón y lo que nos permite seguir adelante.

Afrontar la muerte de una persona amada, es el mayor desafío del ser humano, pues no solo estamos obligados a aceptar lo inevitable, sino que nos confronta con nuestra propia muerte, con el miedo que nos agobia y que siempre estamos tratando de evitar.

La investigadora española Paloma Cabadas, autora de ‘La muerte lúcida’, dice que el dolor es egoísta, pues entre más grande es nuestro dolor, menos ayudamos a quien partió a poder descansar en paz. Se vuelve necesario reflexionar y pensar más en quién murió, demostrarle cuánto seguimos amándola y cómo la haremos estar orgullosa de nosotros al vernos continuar nuestra vida con todas sus enseñanzas.

Las dos preguntas más frecuentes de las personas en duelo son: ¿cómo podré superar el dolor?, ¿algún día podré recuperar el contacto con la vida? Esto se logra de una sola manera: permitirnos estar tristes. Para afrontar el dolor necesitamos llorar, darle a la tristeza el espacio necesario para que llegue a aliviarnos, liberarnos y finalmente salga de nosotros, pues si la contenemos, tarde o temprano estallará con más fuerza.

Cuando un ser querido se va, necesitamos abrir todos nuestros sentidos, pues nos daremos cuenta de los grandes regalos que nos han dejado, por ejemplo, poder descubrir nuevas maneras de usar la libertad, a ser más autosuficientes y a revalorar la vida y a la gente.

La muerte de un ser querido nos lleva a formular preguntas acerca del más allá, la trascendencia de la vida y la idea de la eternidad. Por lo tanto, el período de duelo nos da la oportunidad de reflexionar en un tema que no se suele tratar de forma natural. De esta manera, al meditar sobre la muerte, nuestro temor se disipa y podemos darle a nuestra vida un sentido más profundo.

¿Qué es lo que más duele?, ¿saber que jamás volveremos a verlo?, ¿las palabras que no pudimos decir?, ¿el hecho de que nosotros nos quedemos aquí y ellos ya no estén? Queremos estar en paz, pensamos que quien murió está en un mejor lugar, donde no hay sufrimiento ni dolor.

Muchas personas viven pensando en el dolor y llorando tanto tiempo que dejan de vivir por añorar el pasado, queriendo volver el tiempo y hacer todo lo que no pudieron. Como eso es imposible, el sufrimiento se vuelve más grande y creemos que nunca llegaremos a aceptar la muerte de nuestro ser querido.

Sientes que nunca lograrás llenar ese vacío que te ha quedado, sufres al pensar que una persona tan sonriente no merecía morir enferma, no hay manera de olvidar los sueños que construyeron juntos, no hay forma de no derrumbarse ante lo que siempre quisiste evitar. No hay palabras ni consuelo que te ayude a ver una salida al dolor que estás sintiendo. Crees que los demás están equivocados al pedirte que sigas adelante, que aceptes lo que pasó y empieces a transitar tu dolor.

La aceptación no acaba con la tristeza, no te quita el dolor ni te hace olvidar al ser querido; lo que se logra con la aceptación es honrar la vida de la persona, dejar de culparte y hacerte consciente de lo que sí hiciste por ella.

Somos personas que no podemos evitar el remolino de llanto y tristeza, pero si entendemos que la muerte no es algo que se supera, sino que se acepta, podemos tomar decisiones para empezar a trabajar nuestro duelo, no importando el tiempo que nos lleve. La muerte termina con la vida de una persona, no con el amor que sentimos por ella.


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