La llegada de un hijo: una puerta abierta a nuevos desafíos

La llegada de un hijo nos cambia la vida. Desde el preciso instante en que comienzas a sentir que alguien late en tu interior el mundo adquiere otro sentido. Ser madre es recorrer un largo y agrietado camino que nadie te puede enseñar a transitar. Todo lo aprendes en la medida en que avanzas por este trayecto, situaciones, emociones, conflictos, todo es terreno propicio para el más puro aprendizaje de amor. La puerta queda abierta para los desafíos que tendrás que enfrentar a lo largo del tiempo.

El tiempo como el mayor de los tesoros

El tiempo que compartes con tus hijos es más importante que cualquier regalo que les puedas dar. No hay juguete más costoso, ni entretenimiento más divertido, si no eres tú quien está compartiendo con ellos.

La hora del juego es relevante para ellos. Que puedas estar allí e ingresar a su mundo de su mano es lo que necesitan: sentir que eres parte de su pequeña fantasía es para ellos un disfrute, aunque no lo veas, es una caricia en el alma.

Se sienten importantes cuando les prestas atención, cuando los escuchas, cuando te dicen lo que sienten y lo que sueñan, tú solo muéstrales que estás presente en ese momento especial en que buscan tu mirada.

Evita la actitud contradictoria


Cuando estés frente a una autoridad y sientas algún tipo de discrepancia, ya sea que se trate de la profesora, de algún pariente, del padre, evita contradecir su autoridad delante de los niños. Espera poder hacerlo en privado.

Sucede que los pequeños, mientras están atravesando por la primera infancia, en ese periodo en que “todo lo absorben”, necesitan poder reconocer a la autoridad presente y si contradices a esa imagen de autoridad sobrevienen los problemas de límites. Ellos necesitan sentir el marco de lo que está bien y lo que está mal. Tu actitud ante estas circunstancias es clave para ellos.

Repréndelos desde la arista del amor


En ocasiones la ira por cuestiones ajenas al hogar, ya sea problemas laborales u otras cosas, te lleva a utilizar malas palabras con tus hijos e incluso una violencia innecesaria. No caigas en el error de reprenderlos según tu estado de ánimo. Ellos no entenderán tus motivos y pueden mal interpretar tus reacciones. Ese desconcierto puede generarles traumas.

Aplica el castigo utilizando a tu favor aquello que más le gusta, no con agresiones físicas o verbales. Háblales con firmeza y con palabras contundentes, pero no los agredas, no los insultes: no les faltes el respeto.

Recuerda que te haces madre por el camino, no es un talento innato, sino que, lo irás construyendo paso a paso.

La autoridad funciona a base de respeto


Respeto es una palabra que te debe acompañar toda la vida. Impartir educación, demostrar autoridad no implica una demostración de fuerzas. Se trata de imponer respeto con amor, inteligencia y con firmeza. Tus hijos no deben tenerte miedo ni creer que no los quieres por eso.

Dialoga con ellos, es el mejor de los caminos y si levantas la voz procura no gritarles. El respeto no se basa en la intimidación.

No es fácil, nadie dijo que lo fuera. Recuerda que es un proceso en el que tanto tus hijos como tú están aprendiendo el uno del otro. Que el amor sea siempre el norte al que apuntar.

Educar no es prohibir


Es bueno que tus hijos experimenten y aprendan de sus errores. Enséñales siempre a tomar sus decisiones y a asumir las consecuencias. En el marco de los límites déjales las reglas claras, que sepan que, hasta cierto punto, si faltan a alguna regla, es responsabilidad de ellos y deben como tal asumir el resultado.

Les impartes algo más que educación, también estamos hablando de responsabilidad, algo que va a servirle desde las pequeñas cosas y por el resto de su vida.

No les prohíbas algo sin explicaciones, edúcales con el ejemplo. Que las prohibiciones tengan un sustento sólido bien justificado bajo las reglas de la casa que tú le has inculcado.

Los profundos cambios


Como una rueda de la fortuna tu vida comenzó a dar grandes giros. Acomodas tus horarios laborales, tus actividades de rutina, tu economía, tu casa, todo debe cambiar.

Recibir a un hijo es aceptar el cambio en tu vida, hacer a un lado tu propio yo y aprender a convivir con la idea de que el resto de tu vida alguien caminará contigo y todo tu entorno se ajustará a él. Saldrás menos de casa, verás menos a tus amigas, dejarás de frecuentar ciertos lugares donde no lo puedas llevar, pero nada afectará tu estado de infinita felicidad. Con el tiempo encontrarás el mondo de acomodar tu vida.

Recuerda que este es un cambio que tú has escogido. Vívelo y disfrútalo porque estarás comenzando la mejor de las etapas de tu vida. No importa lo que haya que ajustar a las nuevas circunstancias, siempre valdrá la pena hacerlo

El amor infinito y los grandes desafíos


No hay amor comparable con el amor a un hijo. Las pruebas más intensas, los dolores más grandes, las locuras más inexplicables, son atravesados por este sentimiento indescriptible. No hay cosa que una no pueda y no quiera hacer por sus hijos.

No importa el tamaño del desafío que afrontar, el amor de madre lo soporta todo. Cuando Sigmund Freud elaboró su teoría sobre el Complejo de Edipo en la mujer, sostuvo que la salida normal es el deseo de ser madre. Poner a salvo a los hijos ante la existencia de cualquier peligro, es el deseo natural e innato de cualquier madre. Es, muchas veces, un arrojo visceral como un acto reflejo que las madres desarrollan desde el primer momento de la concepción.

Los caminos que la vida te propone recorrer a partir de la maternidad están tan llenos de incertidumbres como de un halo de satisfacciones permanentes ante las responsabilidades y el compromiso que tomas con los hijos y con tu propia existencia. Asume con amor el desafío.


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