El miedo: ¿un monstruo paralizador o un mecanismo de defensa?

El factor miedo, nos moviliza por instinto desde la primera infancia en la que aprendemos a reconocer vínculos, espacios, situaciones. Siempre está presente en todas las etapas, superarlo es el trofeo que nos proponemos alcanzar al final de esa carrera a la que acudimos consiente o inconsciente. Haciendo a un lado al miedo que paraliza y atormenta, sentirlo nos vuelve precavidos y cuidadosos en muchos aspectos. Si no fuera por su presencia en cada momento de nuestra vida, es probable que dar pasos en falso sea más común de lo que crees. Es detenidos sobre esta arista, este punto de vista, que nos hacemos la pregunta ¿es el miedo un monstruo aterrador o un mecanismo de defensa que nos ayuda a caminar con cuidado en el mundo que nos toca vivir?

El miedo que paraliza

Este miedo se inscribe en la línea de las fobias, del pánico, son miedos crónicos producto de una circunstancia de otra índole que afecta a la salud y que requiere ser tratado por especialistas. No es este el miedo al cual nos referimos hoy. Hacemos referencia más bien al miedo que nos moviliza y nos pone en alerta, pero no nos paraliza.

¿Puede el miedo ser positivo?

Observando un ejemplo bien concreto, el miedo nos pone de frente ante ciertas circunstancias de riesgo y es por ese miedo que nos detenemos a reflexionar nuestra forma de actuar, pues no queremos lastimarnos o equivocarnos.

Por poner un ejemplo práctico, los animales se manejan por el instinto que los pone en alerta, entienden que cuando hay fuego no deben acercarse, entre muchas cosas, que hacen que ese temor instintivo les garantice seguridad.

Ahora bien, el miedo visto desde esta perspectiva se constituye en un mecanismo de defensa que proporciona mucho más de lo pensado.

Los seres humanos tendemos a sentir miedo ante situaciones no solamente extremas, sino también rutinarias como tener que rendir un examen, presentar un proyecto, tomar decisiones fundamentales en el trabajo. Este es el tipo de miedo que nos pone en alerta, no para paralizarnos, sino más bien para orientarnos.

Necesariamente hacemos un alto en el proceso. Nos detenemos a pensar muy bien cómo seguir. Nos disponemos a estudiar para un examen, sobre todo, si no es una materia de la cual nos sintamos seguros, nos esforzamos al máximo para no incurrir en errores en el trabajo. En tales casos, atravesar la extraña sensación que produce el miedo, nos pone en posición de alerta y nos empuja a trabajar para sentirnos lo más seguros posibles y salir de ese lugar para pasar al estadio de la certeza de que estamos en el camino correcto.

Es este el miedo que nos empuja, nos moviliza a ser mejores, a defendernos y estar preparados ante lo que pueda ocurrir.


Si todo fuera solaz permanente, es probable que no todo en la vida tenga sentido. Movilizarnos nos hace crecer, ver el mundo de una manera diferente. El miedo a perder, a que algo salga mal nos enseña y nos impulsa a ser mejores. Que nuestra vida cambie cada tanto de escenario nos obliga a esforzarnos para defendernos en ese nuevo momento.

Este mecanismo de defensa ante lo que sea que pueda suceder, nos hace ver y vivir en el mundo de otra manera.

El miedo es una reacción natural del ser humano ante las situaciones de riesgo y ante el cambio. Hemos sido educados para no perder, para buscar siempre el éxito y lo más lógico es sentir ese miedo.

La verdad es que no deberíamos sentir miedo a los fracasos, a los golpes, a las pérdidas, a los cambios, a lo que nos resulta incierto y desconocido. Es un riesgo, pero en el riesgo siempre estará la ganancia. Es importante que el temor nos sirva como brújula y como alerta para actuar de la mejor manera posible o empujarnos al esfuerzo. Pero debes tener en cuenta que si las cosas no salen como lo esperas, el mundo no se acaba allí. Al contrario, debes aprender de ello y reunir fuerzas para intentarlo de nuevo. Allí es cuando el miedo te paraliza. No dejes que eso suceda.


Enfrentar los miedos

Aprender a reconocer los miedos es el comienzo. Evadimos muchas veces los temores, para no tener que atravesar todo eso que nos provoca, pero finalmente, más tarde o más temprano, nos veremos en la necesidad de enfrentarlos. Las reacciones físicas nos dan las primeras señales de que el miedo nos invade: las manos nos comienzan a sudar, temblamos, se nos eriza la piel, el estómago se nos revuelve. Todas son sensaciones físicas que guardan estrecha relación con el miedo. Son las manifestaciones más auténticas, a ellas debemos confrontarnos y no dejar que nos dominen. Cada situación será diferente y tú sabrás con qué herramientas liberarte de ese yugo del temor.

Cuando todas estas manifestaciones se te aproximan, pregúntate ¿por qué estás sintiendo miedo? Revisa en tu interior el origen de lo que estás sintiendo y busca la respuesta correcta.

En ocasiones la inseguridad se apodera de nosotros, cuando lo que tenemos es una ausencia de confianza. Aprender a reconocer nuestras capacidades, nuestros límites y la necesidad de mejorar aquello que nos cuesta, nos ayuda a liberarnos de ello.


Detrás de todos los cambios, de todas las decisiones cruciales en la vida, la inseguridad que sentimos nos provoca miedo.


Para liberarnos del miedo en cualquiera que sea el momento en que nos encontremos, vale la pena desarrollar un tanto de confianza y otro tanto de esa capacidad que nos impulsa a avanzar y superarnos.


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