Cuando me tratan mal, me trato bien y me voy

Si alguien nos trata mal y la convivencia no es obligatoria, tengamos la iniciativa de tratarnos de la mejor manera posible: yendo. Las fugas estratégicas nos salvan.

Nunca see va a saber por qué hay tanta gente con la cara amarga, escupiendo fuego y negándose a sonreír, sea para quien sea. Si prestamos atención, existen incluso quienes necesitan de esa mala vibra para gozar. Es cierto que la vida puede ser amarga, pero cultivar la amargura sólo hace todo peor.

Hay gente que se queja en el tránsito, en la fila de banco, en el mercado, en la mesa de bar. Se queda de mal humor cuando se despierta temprano, cuando duerme demasiado, cuando llega mucho antes o cuando pierde la hora. No le gusta mucha gente, ni tampoco quedarse solo. Se pone bravo si el amigo se va, pero se irrita cuando lo llaman para salir. En fin, hay gente que despierta amarga y va a dormir amarga.

Lógicamente, todo el mundo tiene el derecho a despertar con el humor atravesado, a no sentirse bien ya quedarse de malas con el mundo, de vez en cuando. La vida viene con mucha fuerza y a veces solamente la bravura y el enojo será lo que nos quedará. Sin embargo, hay un límite para cuánto nos demoramos y detenemos en esa amargura de nuestra vida, el cual, si se pasa, acabará por apartarnos de todo y de todos que podrían ayudarnos a sonreír de nuevo.


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