Causas y soluciones a los conflictos familiares.

Padres demasiado permisivos, progenitores que proyectan en sus hijos sus propias frustraciones, parejas que utilizan a los niños en sus disputas, abuelos que desautorizan a los papás… Los conflictos familiares son múltiples y diversos, pero casi todos obedecen a la falta de unos límites y jerarquías claras.

Se considera que una familia es funcional o sana cuando es un sistema abierto, con vínculos y límites con el exterior e integrado en el tejido social, que cumple una función de amortiguación social entre el sujeto y la sociedad; que busca el crecimiento y el bienestar de todos y se mantiene con el cambio o la evolución de todos; que asume los distintos roles que le llegan al integrarse en ella nuevos miembros y en el que hay una comunicación abierta, clara y directa.

Causas de los conflictos entre padres e hijos


La aparición de un problema en la familia, por lo general, coincide con algún cambio efectivo o previsto que amenaza con alterar el equilibrio. Las familias entran en crisis por una desgracia inesperada, por la desaparición de uno de los cuidadores, por problemas estructurales o por cambios en el ciclo vital.

La estructura familiar es el conjunto de pautas que determinan cómo se organiza una familia: la jerarquía, los límites y los subsistemas. La familia es sana cuando la jerarquía está depositada en los padres y los límites son claros. Los progenitores que no actúan como padres asumiendo la responsabilidad de establecer las normas o que son permisivos, llevan a sus hijos a hacer de padres.

Y cuando a un niño no se le deja actuar como tal, se siente abrumado por un exceso de responsabilidad: se le sobrecarga pronto de tareas adultas y se enfrenta a un complejo dilema por su lealtad a los padres; por satisfacer la necesidad de éstos reprime sus propias necesidades de niño, postergándose así el ritmo de su proceso de crecimiento, impregnándose las relaciones con sentimientos de depresión, cólera o tristeza.

La pareja que forma el subsistema conyugal tiene que tener unos límites claros de uno para con el otro y unos valores y unas expectativas comunes. Entre sus miembros debe estar claro el tema de la fidelidad o exclusividad, el tiempo con los amigos del otro, las relaciones con la familia extensa.

Las alianzas que se establecen entre los miembros de un mismo subsistema son alianzas sanas. Por ejemplo: los padres que se alían para defender las normas que imponen a los hijos, o los hermanos que se unen para defender el horario de vuelta a casa o para negociar con sus padres el tiempo de ver la televisión. Una alianza es menos sana cuando se da entre miembros de distintos subsistemas. Es grave, por ejemplo, que un cónyuge desautorice sistemáticamente al otro delante de un hijo, o que un hermano enoje continuamente de otro ante un padre.

A veces los hijos pueden presentar síntomas causados por problemas no resueltos entre los padres. Por ejemplo, hay ocasiones en que los hijos que han sido árbitros en las peleas de sus padres empiezan a pelearse con sus hermanos. Otro ejemplo de familia patológica es aquella en la que los niños son utilizados como objetos sobre los que los padres proyectan muchos sentimientos y actitudes conscientes e inconscientes.

Otro caso es el de la familia en la que los hijos se ven atrapados en una lucha de poder entre los padres, como suele suceder en los casos de separación; o entre éstos y su familia de origen, como ocurre en el caso de los abuelos que se alían con los nietos en contra de sus padres y les consienten cosas que los padres les han prohibido.

También se da patología cuando los niños son percibidos como generadores de conflictos, vividos como fuentes de dependencia, en el caso de hijos no deseados o de padres adolescentes o inmaduros. A veces, los niños también son utilizados para gratificar las necesidades insatisfechas de dependencia. Es el caso, por ejemplo, de una persona que busca tener un hijo para así conseguir unirse a otra persona. Otras veces, los niños sirven para que sus padres salden la deuda que tenían con los progenitores: es el caso de quienes deciden tener un hijo porque sus propios padres así lo hubieran deseado y no por deseo propio.

Con la crisis se producen ciertos cambios: se flexibilizan los límites y las reglas, y los roles se confunden; las expectativas y las prohibiciones se relajan, las metas y los valores pierden importancia; los conflictos irresueltos se reviven, apareciendo la culpa y aumentando la tensión familiar.

La ansiedad en torno a este cambio activa conflictos latentes. El problema puede ser un medio de evitar este cambio amenazador. Por ejemplo, la aparición de una enfermedad importante en un hijo evita una separación de los padres. Otras veces, el problema favorece el cambio: por ejemplo, tras la muerte de un hijo, los padres se separan.

En una relación equilibrada entre padres e hijos, el niño tiene la libertad de ser niño, desarrolla sus intereses y actividades infantiles, se va a identificar poco a poco con sus progenitores; a medida que va dominando las tareas adecuadas para su edad, se va a estimular y alentar la autonomía del niño, los padres le van a ir dejando asumir responsabilidades siempre bajo su supervisión y asumiendo su responsabilidad como padres. De esta manera, van preparando al hijo para el papel que asumirá en el futuro. El padre bueno es el que ayuda a crecer y a separarse con independencia.


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