Aprender a soltar: lo que tengas que decir, dilo

Dominar los nervios sin que ellos nos dominen es una misión difícil, una pieza importante en el arte de saber vivir. Nos contenemos en muchas situaciones, por evitar un mal mayor, por miedo, pero eso que no dijimos se archiva en nuestro interior y nos fisura por dentro poco a poco. El daño que nos hacemos puede acabar por convertirse en un monstruo que nos envuelve y nos devora junto con nuestra rabia, tanto que perdemos los estribos y finalmente no solo nos lastimamos, sino que, herimos por demás. Despertar del volcán de la ira nos devuelve a una realidad llena de culpas. ¿Cómo resolver la ecuación del disgusto, la ira y el arrepentimiento? ¿Callar es el camino para lograr una convivencia pacífica o debemos aprender a resolver los problemas sin postergaciones y sin perder el dominio de nosotros mismos?

El arte de manejar los tiempos

El tiempo tiene un valor incuestionable. Todo tiene su momento, el tiempo de hablar y de decir las cosas es ese, el preciso, el que debe ser. Esperar, guardar, dejar pasar, casi nunca da buenos resultados, solo acumulamos las fichas dolorosas que un día menos pensado se nos caerán de las manos todas juntas y no sabremos que hacer con ellas. El peligro es el mar de confusiones al que innecesariamente nos sometemos y nos perdemos en decir lo que no queremos.

Tampoco esto significa que, con cada disgusto que tengamos, estemos expulsando lo que nos molesta a cada rato, por eso, la forma de decirlo, la ocasión para hacerlo y el modo de hacerlo, son elementos importantes en ese aprender a soltar y liberar lo que no nos gusta. No es que debamos soportar la vida para no lastimar a nadie, sino más bien, debemos afanarnos en encontrar el equilibrio preciso para sacarnos de adentro lo que nos molesta de la mejor manera posible.

El contexto para hablar es único

Podemos pensar en encontrar las estrategias para decir lo que nos pasa de una u otra forma, pero el lugar y el momento son los precisos. Recomendado incluso por psicólogos es que, uno debe dejar correr las aguas de los enojos que no nos dejan pensar y nos obnubilan la mente, aunque no por mucho tiempo. No se trata de dejar pasar el hecho, lo que se busca con ello es encontrar el momento oportuno, el contexto ideal para hablar. Entablar un diálogo sin que la ira acuda a nublar las ideas. Por otra parte, no debemos ocultar las molestias, por semanas, meses o años que más tarde o más temprano en la situación menos pensada, como borra vieja pegada en el fondo de la taza, salgan de repente despegadas generando un mal mucho mayor.

Entonces, ten presente que el momento de hablar es único e importante, sin gritos y sin desbordes. Las palabras tienen un poder incuestionable. Utilízalas.

La importancia de expresarnos

Una antigua frase reza lo siguiente: “somos esclavos de nuestros palabras y dueños de nuestros silencios”. Es verdad, tenemos la certeza de que en nuestro silencio contenemos la marea y sostenemos al mundo, en cambio al hablar, lo que suceda con nuestras palabras, una vez que salen disparadas de nuestros labios, se dispersan, se transforman, se tergiversan y de ellas sí que nos debemos hacer cargo, pues son solo nuestras. No es una premisa que funcione como regla matemática para todos los momentos de nuestras vidas. Debes tenerla presente, pero no para siempre, no debe ser tu norma vital. La vida gira y con ella gira y cambia el sentido de las cosas, no todo tiene el mismo valor en diferentes circunstancias.

Puedes callar una verdad, callar ofensas para no abrir heridas, tú sabrás determinar lo oportuno y lo necesario, lo que no puedes hacer es callar aquello que a ti te hace daño.

Las palabras tienen poderes casi mágicos. Son armas de doble filo dependiendo del modo con que las uses. En tus manos está la posibilidad de utilizarlas para herir o para resolver los problemas.

La búsqueda del justo equilibrio entre despojarnos de aquello que nos molesta, que nos lastima y que nos rasguña el alma, el momento oportuno en que sacamos esa molestia de nuestro interior y el no permitirnos acumular la rabia que se transforma en enojo y se añeja y se inflama dentro de nosotros para después explotar, es sin duda, el mayor de los desafíos.

No es imposible, es el afán al que debemos abocarnos para sentirnos bien con nosotros mismos y también para alcanzar una convivencia pacífica.

Del derecho a decir lo que sentimos

De alguna manera, morimos en vida un poco cada día, desde el momento en que nos escondemos de las cosas que son realmente importantes para nosotros y nos somos capaces de decirlas. Nos perdemos quizás de una parte importante de la vida.

¿Por qué lo hacemos? A veces por temor, por no querer generar disputas, porque no nos sentimos capaces de cambiar las cosas, de poner límites a algo, porque creemos que no es importante (aunque sí lo sea para nosotros). Los motivos sobran cuando a la hora de la verdad tememos hablar y decidimos erróneamente, callar.

Callar significa acumular la angustia, no evitamos el problema, simplemente lo agrandemos con el tiempo.

Tenemos derecho a decir lo que nos pasa. Aprender a soltar y a desprendernos de las cosas que nos duelen es un desafío que debemos poner en práctica en cada circunstancia de la vida.

“Sea esta la regla de nuestra vida: decir lo que sentimos, sentir lo que decimos, en suma, que la palabra vaya de acuerdo con los hechos”. Seneca

No acumules las molestias que se volverán resentimientos, busca el mecanismo y el equilibrio por el cual puedas liberarte de ellas, la oportunidad y las palabras precisas, pero jamás las guardes porque no quedarán en el olvido.


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